MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO
XVI
PARA LA XLIX JORNADA MUNDIAL
DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES
PARA LA XLIX JORNADA MUNDIAL
DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES
Se
trata de un amor sin reservas que nos precede, nos sostiene y nos llama durante
el camino de la vida y tiene su raíz en la absoluta gratuidad de Dios.
Refiriéndose en concreto al ministerio sacerdotal, mi predecesor, el beato Juan
Pablo II, afirmaba que «todo gesto ministerial, a la vez que lleva a amar y
servir a la Iglesia, ayuda a madurar cada vez más en el amor y en el servicio a
Jesucristo, Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia; en un amor que se configura
siempre como respuesta al amor precedente, libre y gratuito, de Dios en Cristo»
(Exhort. ap. Pastores dabo
vobis, 25). En efecto, toda vocación específica nace de la iniciativa
de Dios; es don de la caridad
de Dios. Él es quien da el “primer paso” y no como
consecuencia de una bondad particular que encuentra en nosotros, sino en virtud
de la presencia de su mismo amor «derramado en nuestros corazones por el
Espíritu» (Rm 5,5).
En todo momento, en
el origen de la llamada divina está la iniciativa del amor infinito de Dios,
que se manifiesta plenamente en Jesucristo. Como escribí en mi primera
encíclica Deus caritas est, «de hecho, Dios es visible de
muchas maneras. En la historia de amor que nos narra la Biblia, Él sale a
nuestro encuentro, trata de atraernos, llegando hasta la Última Cena, hasta el
Corazón traspasado en la cruz, hasta las apariciones del Resucitado y las
grandes obras mediante las que Él, por la acción de los Apóstoles, ha guiado el
caminar de la Iglesia naciente. El Señor tampoco ha estado ausente en la
historia sucesiva de la Iglesia: siempre viene a nuestro encuentro a través de
los hombres en los que Él se refleja; mediante su Palabra, en los Sacramentos,
especialmente la Eucaristía» (n. 17).





